El Avaro
El Avaro CLEANTO.— Vacilábamos en abordaros, temiendo interrumpiros.
HARPAGĂ“N.— Me satisface deciros esto, para que no vayáis a tomar las cosas al revĂ©s y a imaginaros que decĂa yo que tengo diez mil escudos.
CLEANTO.— No nos metemos en vuestros negocios.
HARPAGÓN.— ¡Pluguiera al Cielo que tuviese yo esos diez mil escudos!
CLEANTO.— No creo.
HARPAGĂ“N.— SerĂa un buen negocio para mĂ…
ELISA.— Son cosas…
HARPAGĂ“N.— Buena falta me harĂan.
CLEANTO.— Yo creo que…
HARPAGĂ“N.— Eso me arreglarĂa, en verdad.
ELISA.— Sois…
HARPAGĂ“N.— Y no me quejarĂa, como ahora, de que los tiempos son mĂseros.
CLEANTO.— ¡Dios mĂo! ¡Padre, no tenĂ©is motivos para quejaros, y ya se sabe que poseĂ©is bastante caudal!
HARPAGÓN.— ¡Cómo! ¿Qué tengo bastante caudal? Quienes lo digan mienten. No hay nada más falso, y son unos bribones los que hacen correr todos esos rumores.
ELISA.— No os encolericéis.
HARPAGĂ“N.— Es singular que mis propios hijos me traicionen y se conviertan en enemigos mĂos.