El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— Muy mal hecho. Si sois afortunado en el juego, deberÃais sacar provecho de ello y colocar a un interés decente el dinero que ganáis, a fin de encontrároslo algún dÃa. Quisiera yo saber, para no referirme a lo demás, de qué sirven todas esas cintas con que vais cubierto de pies a cabeza y si media docena de agujetas no bastan para sostener unas calzas. ¿Es muy necesario gastar dinero en pelucas cuando pueden llevarse cabellos propios que no cuestan nada? ApostarÃa a que en pelucas y cintas hay, por lo menos, veinte pistolas, y veinte pistolas rentan al año dieciocho libras, seis sueldos y ocho denarios con sólo colocarlas al doce por ciento.
CLEANTO.— Tenéis razón.
HARPAGÓN.— Dejemos eso y hablemos de otra cosa. (Sorprendiendo a Cleanto y a Elisa, que se hacen señas). ¡Eh!
Aparte: Me parece que se hacen señas uno a otro para robarme mi bolsa.
¿Qué quieren decir esos gestos?
ELISA.— Dudamos mi hermano y yo en quién hablará primero; los dos tenemos algo que deciros.
HARPAGÓN.— Yo también tengo que deciros algo a los dos.
CLEANTO.— Deseamos hablaros de matrimonio, padre.