El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— Y yo también quiero hablaros de matrimonio.
ELISA.— ¡Ah, padre mÃo!
HARPAGÓN.— ¿Por qué ese grito? ¿Es la palabra o la cosa lo que os atemoriza, hija mÃa?
CLEANTO.— El matrimonio puede atemorizarnos a los dos, de la manera que podéis entenderlo, y tememos que nuestros sentimientos no estén de acuerdo con vuestra elección.
HARPAGÓN.— Un poco de paciencia; no os alarméis. Sé lo que os es necesario a los dos, y no tendréis, ni uno ni otra, motivo de queja con lo que pretendo hacer; y para empezar por este lado (a Cleanto), ¿habéis visto, decidme, una joven llamada Mariana, que habita no lejos de aqu�
CLEANTO.— SÃ, padre mÃo.
HARPAGÓN.— ¿Y vos?
ELISA.— He oÃdo hablar de ella.
HARPAGÓN.— ¿Cómo encontráis a esa joven, hijo mÃo?
CLEANTO.— La encuentro encantadora.
HARPAGÓN.— ¿Y su fisonomÃa?
CLEANTO.— Muy honesta y llena de talento.
HARPAGÓN.— ¿Su aspecto y sus maneras?
CLEANTO.— Admirables, sin duda.
HARPAGÓN.— ¿No creéis que una joven asà merecerÃa que se pensase en ella?