El Avaro

El Avaro

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CLEANTO.— ¡Qué se lleve el diablo con su consideración a ese traidor y verdugo! ¿Hase visto jamás usura semejante? Y, no contento con el enorme interés que exige, ¿quiere aún obligarme a aceptar por tres mil libras las inútiles antiguallas que ha recogido? No sacaré ni doscientos escudos por todo eso, y, sin embargo, tengo que pasar por lo que quiere, pues está en situación de hacérmelo aceptar todo y me pone, el bandido, el puñal en el cuello.

FLECHA.— Os veo, señor, aunque ello os desagrade, tomar el mismo camino que seguía Panurgo para arruinarse, tomando dinero anticipado, comprando caro, vendiendo barato y dilapidando su hacienda por adelantado.

CLEANTO.— ¿Y qué quieres que le haga? A esto se ven reducidos los jóvenes de hoy por la maldita avaricia de los padres, ¡y luego se extrañan de que los hijos deseen su muerte!

FLECHA.— Hay que confesar que el vuestro irritaría con su ruindad al hombre más prudente del mundo. No tengo, a Dios gracias, inclinaciones muy patibularias, y entre mis compañeros, a los que veo entremeterse en muchos pequeños comercios, sé zafarme hábilmente y apartarme de todas las galanterías que huelen levemente a horca; mas, a deciros verdad, me daría, con sus procedimientos, tentaciones de robarle; y creería, al hacerlo, que realizaba una acción meritoria.


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