El Avaro

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Escena VIII

MARIANA.— ¡Ah, Frosina! En qué extraño estado me encuentro, y, si he de decir lo que siento, ¡tengo miedo a esta presentación!

FROSINA.— Pero ¿por qué? ¿Cuál es vuestra inquietud?

MARIANA.— ¡Ay! ¿Y me lo preguntáis? ¿No os figuráis las zozobras de una persona enteramente preparada a ver el suplicio al que quieren atarla?

FROSINA.— Bien veo que, para morir agradablemente, Harpagón no es el suplicio al que quisierais entregaros, y conozco en vuestra cara que ese mozo rubio de que me habéis hablado os viene algunas veces a la memoria.

MARIANA.— Sí. Es una cosa, Frosina, de la que no quiero defenderme; y las respetuosas visitas que ha hecho a nuestra casa han causado, os lo confieso, cierto afecto en mi alma.

FROSINA.— Mas ¿habéis sabido quién es…?

MARIANA.— No; no sé quién es. Mas sé que su aspecto le hace digno de ser amado; que si pudiera dejar las cosas a mi elección, le escogería mejor que a otro, y que contribuye, y no poco, a hacerme encontrar un tormento atroz en el esposo que quieren darme.


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