El Avaro
El Avaro FROSINA.— ¡Dios mÃo! Todos esos boquirrubios son agradables y recitan bien su papel; mas la mayorÃa son pobres como ratas, y es preferible para vos escoger un marido viejo que os aporte un buen caudal. Os confieso que los sentimientos no hallan tan buena satisfacción por el lado que digo, y que habréis de soportar algunas pequeñas repugnancias con tal esposo; mas esto no durará mucho, y su muerte, creedme, os pondrá muy pronto en situación de tomar otro más agradable, que lo enmendará todo.
MARIANA.— ¡Dios mÃo, Frosina! Extraño negocio éste, en el que, para ser feliz, hay que desear o esperar el fallecimiento de alguien; y la muerte no sigue siempre a los proyectos que forjamos.
FROSINA.— ¿Queréis chancearos? Os casáis con él a condición tan sólo de que os deje viuda pronto y ésta habrá de ser una de las cláusulas del contrato. SerÃa muy impertinente si no muriese a los tres meses. Aquà llega en persona.
MARIANA.— ¡Ah, Frosina, qué cara!