El Avaro
El Avaro CLEANTO.— Volvamos aquÃ; estaremos mucho mejor. No hay ya a nuestro alrededor persona sospechosa, y podemos hablar libremente.
ELISA.— SÃ, señora; mi hermano me ha confesado la pasión que siente por vos. Sé las penas y disgustos que son capaces de causar tales reveses, y os aseguro que me intereso por vuestra aventura con sumo afecto.
MARIANA.— Es un dulce consuelo ver que una persona como vos toma parte en nuestros intereses, y os suplico, señora, que me conservéis siempre esa generosa amistad, tan capaz de suavizar la crueldad de la fortuna.
FROSINA.— Sois, a fe mÃa, gentes desdichadas unos y otros por no haberme enterado, antes de ocurrir todo esto, de vuestra aventura. Os hubiera, sin duda, evitado esta inquietud, y no habrÃa dejado llegar las cosas al punto en que están.
CLEANTO.— ¿Qué queréis? Es mi mala fortuna la que lo ha querido asÃ. Mas ¿cuál es vuestra decisión, bella Mariana?
MARIANA.— ¡Ay! ¿Estoy yo, acaso, en situación de tomar decisiones? Y en la subordinación en que me veo, ¿puedo forjar otra cosa que no sean anhelos?
CLEANTO.— ¿Y no hay otro apoyo para mà en vuestro corazón que esos simples anhelos? ¿Ninguna piedad oficiosa? ¿Ninguna bondad compasiva? ¿Ningún afecto activo?
