El Avaro
El Avaro MARIANA.— ¿Qué podrÃa deciros? Poneos en mi lugar y ved qué puedo hacer. Pensad, ordenad vos mismo: en vuestras manos me pongo; y os creo harto razonable para querer exigir de mà tan sólo lo que pueda estarme permitido por el honor y el decoro.
CLEANTO.— ¡Ay! ¡A qué me reducÃs al remitirme a lo que quieran permitir los enojosos sentimientos de un rÃgido honor y de un escrupuloso decoro!
MARIANA.— Mas ¿qué queréis que haga? Aunque saltase por encima de numerosos miramientos a que está obligado nuestro sexo, tengo respeto a mi madre. Me ha educado siempre con suma ternura y no podrÃa decidirme a ocasionarle ningún disgusto. Haced, actuad cerca de ella; emplead todos vuestros afanes en ganar su ánimo. Podéis hacer y decir todo cuanto queráis, os lo permito; y si sólo estriba en declararme en vuestro favor, accedo gustosa a hacerle yo misma una confesión de todo cuanto por vos siento.
CLEANTO.— Frosina, mi pobre Frosina, ¿querrÃas ayudarnos?
FROSINA.— A fe mÃa, ¿es necesario preguntarlo? Quisiera hacerlo de todo corazón. Ya sabéis que soy, por naturaleza, bastante humanitaria. El Cielo no me ha dado un alma de bronce, y siento tan sólo harta ternura en prestar pequeños servicios cuando veo a personas que se aman con toda rectitud y honor. ¿Qué podrÃamos hacer en esto?