El enfermo imaginario
El enfermo imaginario BERALDO.— SÃ. Y puesto que es mejor hablar a cara descubierta, te confieso que es a tu mujer a quien aludo. Tan intolerable como tu obstinación en las enfermedades es la obcecación que padeces por ella, hasta el extremo de no ver los lazos que te tiende.
ANTONIA.— ¡No habléis asà de la señora! Es una mujer de la que nadie puede decir nada: franca, amante de su esposo…
ARGAN.— Pregúntale si es o no cariñosa.
ANTONIA.— Cierto.
ARGAN.— Y el interés que se toma por mi padecimiento.
ANTONIA.— ¡Seguro!
ARGAN.— Y los cuidados y trabajos que soporta por mÃ.
ANTONIA.— Es la verdad… (A Beraldo). ¿Queréis que os convenza y os haga ver ahora mismo como la señora quiere al señor? (A Argan). ¿Queréis, señor, que lo desengañemos, dejándole con tres palmos de narices?
ARGAN.— ¿Cómo?
ANTONIA.— La señora volverá dentro de un instante, tumbaos ahÃ, haciéndoos el muerto, y veréis su desolación cuando yo le dé la noticia.
ARGAN.— Muy bien pensado.
ANTONIA.— Pero no vayáis a prolongar mucho tiempo su desesperación, porque podrÃa costarle la vida.