El enfermo imaginario

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BELISA.— Ahora es preciso que secundes mis planes, que yo te recompensaré si me ayudas. Puesto que, afortunadamente, todavía no conoce nadie la noticia, vamos a llevarle a su cama y a ocultar su muerte hasta que yo haya terminado lo que me interesa. Hay dinero y papeles de los que quiero apoderarme, porque creo que es razón que yo los disfrute, habiéndole sacrificado los mejores años de mi vida. Ven acá. Primero cojamos las llaves.

ARGAN (Incorporándose bruscamente).— ¡Poco a poco!

BELISA (Llena de espanto).— ¡Ah!

ARGAN.— ¿Era ésta vuestra manera de amar, señora esposa?

ANTONIA.— ¡El difunto está vivo!

ARGAN (A Belisa, que se marcha).— Celebro haber conocido vuestra estimación y escuchado el panegírico que de mí habéis hecho: es una sabia advertencia que me servirá de enseñanza para el porvenir.

BERALDO (Saliendo de su escondite).— ¿Te has convencido?

ANTONIA.— ¿Quién iba a pensar esto? Pero aquí llega vuestra hija; volveos a tender y veamos cómo recibe la noticia de vuestra muerte. Ya que estáis en ello, conviene continuar la prueba y enteraros de cómo os quiere vuestra familia.


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