El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ANTONIA.— Porque pensarán que no sabéis lo que os decÃs.
ARGAN.— ¡Qué piensen lo que quieran; pero ella ha de cumplir la palabra que yo he dado!
ANTONIA.— Estoy segura que no.
ARGAN.— La obligaré.
ANTONIA.— Será inútil.
ARGAN.— ¡Pues se casará o la meteré en un convento!
ANTONIA.— ¿Vos?
ARGAN.— ¡Yo!
ANTONIA.— ¡Bah!
ARGAN.— ¿Qué es eso de ¡bah!?
ANTONIA.— Que no la meteréis en ningún convento.
ARGAN.— ¿Qué no la meteré en un convento?
ANTONIA.— No.
ARGAN.— ¿Qué no?
ANTONIA.— No.
ARGAN.— ¡Esto sà que tiene gracia! De manera que, queriéndolo yo mismo, no meteré a mi hija en un convento.
ANTONIA.— Os digo que no.
ARGAN.— ¿Quién me lo iba a impedir?
ANTONIA.— Vos mismo.
ARGAN.— ¿Yo?