El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ANTONIA.— Porque vuestra hija no consentirá con él.
ARGAN.— ¿Qué no consentirá?
ANTONIA.— No.
ARGAN.— ¿Mi hija?
ANTONIA.— Vuestra hija, que no quiere oÃr hablar del señor Diafoirus, ni de su hijo, ni de ninguno de los Diafoirus que andan por el mundo.
ARGAN.— Pues yo sÃ. Además, esa boda es un gran partido. El señor Diafoirus no tiene más hijo ni heredero que ése; y el señor Purgon, que es soltero, lega en favor de ese matrimonio sus ocho mil duros de renta.
ANTONIA.— ¡La de gente que habrá matado para hacerse tan rico!
ARGAN.— Ocho mil duros de renta es una cantidad muy respetable; y unida al caudal del señor Diafoirus …
ANTONIA.— SÃ, sÃ. Todo eso está muy bien; pero yo insisto, y os lo vuelvo a repetir, en que le busquéis otro marido. No nació vuestra hija para ser la señora de Diafoirus.
ARGAN.— ¡Pues yo quiero que lo sea!
ANTONIA.— ¡Bah! ¡No digáis eso!
ARGAN.— ¡Cómo que no lo diga!
ANTONIA.— ¡No!
ARGAN.— ¿Y por qué no lo he de decir?