El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ARGAN.— La razón de que, encontrándome enfermo —porque yo estoy enfermo—, quiero tener un hijo médico, pariente de médicos, para que entre todos busquen remedios a mi enfermedad. Quiero tener en mi familia el manantial de recursos que me es tan necesario; quien me observe y me recete.
ANTONIA.— Eso es ponerse en razón. Cuando se discute pacÃficamente, da gusto. Pero con la mano sobre el corazón, señor, ¿es verdad que estáis enfermo?
ARGAN.— ¡Cómo, granuja! ¿Qué si estoy enfermo?… ¿si me siento mal, insolente?
ANTONIA.— Conforme, señor; estáis malo. No vayamos a pelearnos por eso. Estáis muy malo, lo reconozco; mucho más malo de lo que os podéis figurar, estamos de acuerdo. Pero vuestra hija, al casarse, debe tener un marido para ella, y estando buena y sana, ¿qué necesidad hay de casarla con un médico?
ARGAN.— Si el médico es para mÃ. Una buena hija debe sentirse dichosa casándose con un hombre que pueda ser útil a la salud de su padre.
ANTONIA.— ¿Me permitÃs, señor, que os dé un consejo leal?
ARGAN.— ¿Qué consejo es ése?
ANTONIA.— No volváis a pensar en ese matrimonio.
ARGAN.— ¿Por qué?