El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ARGAN.— Pero ¿en qué paÃs vivimos? ¿Qué audacia es ésta de atreverse una pÃcara de sirvienta a hablar de ese modo a su amo?
ANTONIA.— Cuando un amo no sabe lo que hace, una sirvienta con juicio tiene derecho a enmendarle la plana[6].
ARGAN (Lanzándose sobre ella).— ¡Te voy a apabullar por insolente!
ANTONIA (Huyendo).— ¡Tengo la obligación de impedir que mis señores se deshonren!
ARGAN (Iracundo, enarbola el bastón y corre tras ella, que se escuda rodeando el sillón).— ¡Ven, ven, que yo te enseñaré a hablar!
ANTONIA (Dando vueltas alrededor del sillón).— ¡Me interesa que no hagáis locuras!
ARGAN (Siempre tras ella).— ¡Perra!
ANTONIA.— No consentiré jamás en ese matrimonio.
ARGAN.— ¡Trapacera!
ANTONIA.— No quiero que sea la mujer de ese Tomás Diafoirus.
ARGAN.— ¡Carroña!
ANTONIA.— Y ella me hará más caso a mà que a vos.
ARGAN.— ¡Angélica, sujétame a esa pÃcara!
ANGÉLICA.— ¡Vamos, padre, que os vais a poner malo!