El enfermo imaginario
El enfermo imaginario BELISA.— Te creo, amigo mÃo… Vamos, siéntate. Escucha, Antonia: si vuelves a enojar a mi marido, te planto en la calle… Tráeme su capotón enguatado y las almohadas, que voy a acomodarle en su sillón… Estás no sé cómo. Toma; encasquétate bien el gorro hasta las orejas, que no hay nada que acatarre tanto como el aire en los oÃdos.
ARGAN.— ¡Cuánto tengo que agradecerte, chacha mÃa, por los cuidados que te tomas conmigo!
BELISA (Acomodándole las almohadas).— Levanta un poco que te remeta bien. Una a cada lado, otra en la espalda y otra para que reclines la cabeza.
ANTONIA (Dándole un almohadazo en la cabeza y escapando).— Y ésta, para resguardaros del relente.
ARGAN (Levantándose iracundo y tirándole todas las almohadas a Antonia).— ¡Quieres asfixiarme, bribona!
BELISA.— ¿Qué es eso? ¿Qué ocurre ahora?
ARGAN (Muy abatido, dejándose caer en el sillón).— ¡Ay, ay…! ¡No puedo más!
BELISA.— ¿Por qué te exaltas de ese modo? Seguramente no ha tenido intención de molestarte.
ARGAN.— Tú no conoces, amor mÃo, las truhanerÃas de esa malvada… Ha logrado sacarme de quicio, y tendré que tomar lo menos ocho medicamentos y doce lavativas para reponerme.