El enfermo imaginario
El enfermo imaginario BELISA.— Vamos, vamos, chiquito; sosiégate un poco.
ARGAN.— Tú eres mi único consuelo, vida mÃa.
BELISA.— ¡Pobre hijito mÃo!
ARGAN.— Para recompensar tanta amorosa solicitud, ya te he dicho, corazón mÃo, que deseo hacer testamento.
BELISA.— ¡Ay, querido mÃo; te ruego que no hablemos de eso! De tal modo me horroriza esa idea, que la sola palabra testamento me hace estremecer de angustia.
ARGAN.— Te dije que avisaras a tu notario.
BELISA.— Vino conmigo, y ahà aguarda.
ARGAN.— Hazle entrar, amor mÃo.
BELISA.— ¡Ay! Cuando se ama de verdad a un marido, no se puede pensar en estas cosas.