El enfermo imaginario
El enfermo imaginario EL NOTARIO.— ¿Qué podéis hacer?… Pues elegir, sigilosamente, entre los amigos de vuestra esposa y dejar a uno de ellos, cumpliendo con todos los requisitos legales, una parte de vuestra fortuna; este amigo, más tarde, hará entrega del legado a la señora. Podéis también contraer un número considerable de deudas y atenciones, no sospechosas, en favor de unos fingidos acreedores, que darán sus nombres por complacer a vuestra esposa, y a la cual harán entrega de un documento privado declarando este extremo. Podéis, por último, entregarle en vida cantidades en metálico o en valores al portador.
BELISA.— Dios mÃo, no te atormentes por esto. Si tú llegaras a faltarme, hijo mÃo, yo no podrÃa seguir en el mundo.
ARGAN.— ¡Vida mÃa!
BELISA.— SÃ, querido; si tengo la desgracia de perderte …
ARGAN.— ¡Querida esposa!
BELISA.— La vida no tendrá ya para mà ningún interés.
ARGAN.— ¡Amor mÃo!
BELISA.— SeguirÃa tus pasos para hacerte ver toda mi ternura.
ARGAN.— ¡Me partes el corazón, querida mÃa…! ¡Cálmate, te lo suplico!