El enfermo imaginario
El enfermo imaginario EL NOTARIO.— Vuestras lágrimas son extemporáneas; no hemos llegado aún a esos extremos.
BELISA.— ¡Ah, señor! Vos no sabéis lo que significa amar a un marido tiernamente.
ARGAN.— Si muero, mi mayor pesadumbre será el no haber tenido un hijo tuyo. Purgon me ofreció que él me harÃa tener uno.
EL NOTARIO.— Eso puede ocurrir aún.
ARGAN.— Es preciso hacer ese testamento, amor mÃo, en la forma que nos ha indicado el señor; pero, por precaución, quiero entregarte veinte mil francos en oro, que tengo escondidos en mi alcoba, y dos letras aceptadas, una por Damon y otra por Gerante.
BELISA.— No, no; no tomaré nada… ¿Cuánto dices que tienes en la alcoba?
ARGAN.— Veinte mil francos, amor mÃo.
BELISA.— No hablemos de intereses, te lo ruego… Y ¿de cuánto son las letras?
ARGAN.— Una de cuatro mil francos y otra de seis mil.
BELISA.— Todos los bienes de este mundo no valen lo que tú.
EL NOTARIO.— ¿Procedemos a redactar el testamento?
ARGAN.— SÃ, señor. Pero mejor será que nos vayamos a mi despacho. ¿Quieres ayudarme, amor mÃo?
BELISA.— Vamos, hijito.