El enfermo imaginario
El enfermo imaginario DIAFOIRUS.— Señor: No es porque sea mi hijo, pero tengo motivos sobrados para estar orgulloso. Todo el que le conoce habla de él como de un joven que no tiene pero. Nunca tuvo la imaginación viva, ni esa fogosidad que se echa de ver en algunos; pero por eso mismo auguré siempre que serÃa juicioso, cualidad indispensable para el ejercicio de nuestra profesión. De pequeño, jamás se le tuvo por un muchacho listo y despejado, como suele decirse: de carácter dulce, apacible y taciturno, no se le vio nunca entretenido en esas múltiples distracciones que se llaman juegos infantiles. A los nueve años aún no conocÃa las letras, y costó Dios y ayuda enseñarle a leer… «¡Bien! —me decÃa yo— los árboles tardÃos son los que dan mejores frutos. Por costar más trabajo grabar en el mármol que escribir en la arena, son más duraderos los caracteres. Esta lentitud de comprensión, esta escasez imaginativa son sÃntomas de buen juicio en el porvenir». Sus primeros años de colegio fueron muy duros; pero su obstinación supo vencer todas las dificultades, haciéndose lenguas sus profesores en elogio de su constancia y asiduidad en el trabajo… Al fin, a fuerza de batir en el yunque, ganó brillantemente su licenciatura; y puedo decir, sin envanecerme, que en las controversias suscitadas en nuestro colegio, desde hace dos años, ninguno armó tanto ruido como él. Es un discutidor formidable, que no deja pasar proposición sin llevar la contraria; y conservando su frialdad en la disputa, aferrado como un turco a sus principios, no cede jamás en sus opiniones y lleva el razonamiento hasta los lÃmites más recónditos de la lógica. Pero sobre todas sus cualidades la que más me agrada es que, guiándose de mi ejemplo, sigue ciegamente los principios de la escuela antigua, sin que haya querido discutir ni prestar atención a esos pretendidos adelantos y experiencias de nuestro siglo, tales como la circulación de la sangre y otras divagaciones de igual calibre.