El enfermo imaginario

El enfermo imaginario

TOMÁS.— Señorita: Así como de la estatua de Memnón salían sonidos armoniosos al ser iluminada por los rayos del sol, de igual manera me siento yo animado de un dulce transporte al recibir los resplandores de vuestra belleza. Y del mismo modo que, según observan los naturalistas, la flor llamada heliotropo gira sin cesar hacia el astro del día, así mi corazón desde ahora girará de continuo atraído por el fulgor de vuestros ojos adorables, que son mi único polo… Permitid, señorita, que deposite en el altar de vuestros encantos la ofrenda de este corazón, que ni alienta ni ambiciona otra gloria que la de ser mientras viva, vuestro muy humilde, muy obediente y muy fiel servidor y marido.

ANTONIA (En chanza).— ¡Bien vale la pena quemarse las pestañas estudiando para poder decir luego cosas tan lindas!

ARGAN (A Cleonte).— ¿Qué decís vos de esto?

CLEONTE.— Que estoy maravillado de oír al señor, y que si es tan buen médico como orador notable, dará gusto enfermar para ser asistido por él.

ANTONIA.— Seguramente. Si sus curaciones son como sus discursos, será cosa de pasmo.

ARGAN.— Vaya, acérquenme mi butaca, y sentémonos todos. Tú aquí, hija mía. (A Diafoirus). Os doy la enhorabuena por tener tal hijo; ya veis cómo todos le admiran.


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