El enfermo imaginario

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DIAFOIRUS.— Si he de deciros la verdad, nuestra profesión al lado de esa gente grande es muy desairada. Yo he preferido siempre vivir del público. Es más cómodo, más independiente y de menos responsabilidad, porque nadie viene a pedirnos cuentas; y con tal que se observen las reglas del arte, no hay que inquietarse por los resultados. En cambio, asistiendo a esos señorones, siempre se está en vilo, porque apenas caen enfermos quieren decididamente que el médico los cure.

ANTONIA.— ¡Vaya una gracia! ¡Se necesita ser impertinente para pretender que lo cure el médico! Los médicos no son para eso; los médicos no tienen más misión que la de recetar y cobrar; el curarse o no, es cuenta del enfermo.

DIAFOIRUS.— ¡Claro está! Uno no tiene más obligación que la de seguir el formulario.

ARGAN (A Cleonte).— Haced un poco de música para que los señores oigan a mi hija.

CLEONTE.— Aguardaba vuestro mandato; pero ya había yo pensado, para hacer más agradable esta reunión, que cantáramos algunos pasajes de una obra nueva, recientísima. (Dando unos papeles a Angélica). Tomad vuestro papel.

ANGÉLICA.— ¿Yo?


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