El enfermo imaginario
El enfermo imaginario LUISA.— Seguía hablando: que por aquí, que por allá; que la amaba y que era la criatura más bella del mundo.
ARGAN.— ¿Y qué más?
LUISA.— Que se puso de rodillas.
ARGAN.— ¿Y después?
LUISA.— Que le besó las manos.
ARGAN.— ¿Y después?
LUISA.— Que viendo llegar a mi madrastra, huyó.
ARGAN.— ¿Y nada más?
LUISA.— Nada más, papá.
ARGAN.— Mi meñique quiere decirme algo. (Se mete el dedo en el oído). Aguarda.… ¡Sí, sí! Lo ves: dice que has visto algo más y no quieres contármelo.
LUISA.— ¡Pues es un embustero vuestro meñique!
ARGAN.— ¡Cuidado!
LUISA.— No le hagáis caso, que miente; os lo aseguro.
ARGAN.— Bien, bien; ya veremos. Márchate y ten mucho ojo.… ¡Cuántos quebraderos de cabeza! No le dejan a uno tiempo ni para pensar en sus enfermedades.… ¡No puedo más! (Se deja caer en su sillón).