El enfermo imaginario

El enfermo imaginario

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LUISA.— No lloréis, papá, que no estoy muerta del todo.

ARGAN.— ¡Hay mayor trapacería.…! Te perdono por esta vez, pero me has de contar lo que has visto.

LUISA.— Sí, papá.

ARGAN.— Mucho ojo conmigo, porque este meñique lo sabe todo, y si mientes me lo advertirá.

LUISA.— Pero no le digáis a mi hermana que yo os he contado.

ARGAN.— No.

LUISA.— Pues estando yo en el cuarto de Angélica ha llegado un hombre.

ARGAN.— ¿Y qué?

LUISA.— Le pregunté qué deseaba y me dijo que era el maestro de canto.

ARGAN.— ¡Huy, huy, huy! ¡Ya hemos cogido la hebra.…! ¿Qué más?

LUISA.— A poco ha venido mi hermana.

ARGAN.— ¿Y qué?

LUISA.— Angélica le ha dicho: «¡Salid, salid, salid de aquí! ¡Por Dios, salid, salid o causaréis mi desesperación!».

ARGAN.— Sigue.

LUISA.— Él no quería marcharse.

ARGAN.— ¿Qué le decía?

LUISA.— ¡Yo no sé cuántas cosas!

ARGAN.— ¿Y qué más?


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