El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ARGAN.— Y ¿por qué no ha de poder un hombre curar a otro?
BERALDO.— Por la sencilla razón de que, hasta el presente, los resortes de nuestra máquina son un misterio en el que los hombres no ven gota; el velo que la naturaleza ha puesto ante nuestros ojos es demasiado tupido para que podamos penetrarlo.
ARGAN.— Según eso, los médicos no saben nada.
BERALDO.— SÃ, saben; saben lo más florido de las humanidades; saben hablar lucidamente en latÃn; saben decir en griego el nombre de todas las enfermedades, su definición y clasificación…; de lo único que no saben una palabra es de curar.
ARGAN.— Pero estarás conforme, al menos, en que de esta materia los médicos saben más que nosotros.
BERALDO.— Saben lo que acabo de decirte, que maldito sà sirve para nada. Todas las excelencias de ese arte se reducen a un pomposo galimatÃas y una engañosa locuacidad que da palabras por razones y promesas por hechos.
ARGAN.— Pues hay personas tan hábiles y cultas como tú que cuando se encuentran mal llaman a un médico.
BERALDO.— SÃntoma de la flaqueza humana, no de la efectividad de ese arte.