El enfermo imaginario

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BERALDO.— Quiero decirte que no conozco hombre más sano que tú y que no quisiera más que tener una constitución como la tuya. La prueba más palpable de lo bueno que estás y de que tienes un organismo perfectamente sano es que, a pesar de todo lo que has hecho, no has conseguido quebrantar lo saludable de tu naturaleza ni has reventado con tanta medicina.

ARGAN.— ¡Gracias a ellas vivo, querido hermano! Y mil veces me ha repetido el señor Purgon que soy hombre muerto con que deje de atenderme nada más de tres días.

BERALDO.— Pues si no pones coto, tanto te atenderá que te enviará al otro mundo.

ARGAN.— Seamos razonables, hermano mío… ¿Tú no crees en la medicina?

BERALDO.— No. Ni veo la necesidad de creer en ella para estar sano.

ARGAN.— ¡Cómo…! ¿Tú no tienes por verdadera una cosa establecida en todo el mundo y sancionada por los siglos?

BERALDO.— Lejos de creerla verdadera, te diré que la considero como una de las más desatinadas locuras que cultivan los hombres. Y si estudiamos la cuestión desde un punto de vista filosófico, creo que no hay farsa más ridícula que la de un hombre que se empeña en curar a otro.


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