El enfermo imaginario
El enfermo imaginario BERALDO.— No es eso. No hablemos más de ella; ella es una mujer bonÃsima, animada de las mejores intenciones para los tuyos, llena de desinterés, que te ama tiernamente y que ha demostrado un afecto inconcebible hacia tus hijos; todo eso es exacto. No hablemos más de ella, y volvamos a tratar de tu hija. ¿Cuál es tu intención al desear casarla con el hijo de un médico?
ARGAN.— Tener el yerno que necesito.
BERALDO.— Por eso a ella no le conviene, sobre todo presentándosele un partido mucho más ventajoso.
ARGAN.— Para mà el más ventajoso es éste.
BERALDO.— Pero el marido ¿es para ella o para ti?
ARGAN.— Para los dos; quiero tener en la familia las personas que me son necesarias.
BERALDO.— Según eso, si Luisa fuera mayor la casarÃas con un farmacéutico.
ARGAN.— ¿Y por qué no?
BERALDO.— Pero ¿es posible que te emperres en vivir zarandeado por médicos y boticarios y que quieras estar enfermo en contra de la opinión de todos y de tu misma naturaleza?
ARGAN.— ¿Qué me quieres decir con eso?