El enfermo imaginario
El enfermo imaginario BERALDO.— Pues cambiemos de conversación… Respecto a lo de tu hija, no está bien que por un ligero altercado tomes una resolución tan violenta como la de encerrarla en un convento. Al elegirles un marido no debemos obedecer ciegamente al mandato de nuestros prejuicios; debemos conceder algo a la inclinación de nuestras hijas, puesto que de eso depende la felicidad de una unión que ha de durar toda la vida.