El enfermo imaginario
El enfermo imaginario BERALDO.— ¿Qué ha de sacar más que las diversas profesiones del hombre? ¿No sacan diariamente a reyes y princesas, que han nacido en tan buenos pañales como los médicos?
ARGAN.— ¡Por vida del diablo, que si yo fuera médico me vengarÃa de su impertinencia dejándole morir, sin auxilios cuando estuviera malo! ¡Aunque lo pidiera por Dios, no le recetarÃa la más leve sangrÃa ni el más ligero purgante! «¡Revienta ahÃ, y aprende a no burlarte de la Facultad!», le dirÃa yo.
BERALDO.— ¿Tan indignado estás con él?
ARGAN.— SÃ, porque es un imprudente; y si los médicos procedieran con cordura, harÃan lo que yo he dicho.
BERALDO.— Él será más cuerdo que los médicos, porque no los llamará nunca.
ARGAN.— Peor para él, si se priva de sus remedios y recursos.
BERALDO.— Tiene sus razones para hacerlo, porque él sostiene que sólo las personas muy vigorosas y robustas pueden resistir a un tiempo los remedios y la enfermedad. Por su parte, él no tiene aguantes más que para soportar la enfermedad.
ARGAN.— ¡Vaya una razón estúpida! No hablemos más de ese individuo, porque se me irrita la bilis y acabaré teniendo un ataque.