El enfermo imaginario
El enfermo imaginario PURGON.— Desde ahora mismo quedan rotas nuestras relaciones.
ARGAN.— ¡Si ha sido mi hermano!
PURGON.— No quiero más trato con vos.
ANTONIA.— Haréis muy bien.
PURGON.— Y para que no quede lazo alguno entre nosotros, ved lo que hago con la donación que hacÃa a mi sobrino, deseoso de favorecer el proyectado matrimonio.
ARGAN.— Ha sido mi hermano el causante de todo.
PURGON.— ¡Despreciar mi lavativa!
ARGAN.— ¡Que vengan a ponérmela ahora mismo!
PURGON.— Ya os encontrarÃais sano.
ANTONIA.— No lo merece.
PURGON.— Os hubiera dejado limpio, haciéndoos evacuar por completo todos los malos humores.
ARGAN.— ¡Ay, hermano mÃo!
PURGON.— Nada más que con una docena de medicinas os hubiera hecho vaciar totalmente la bolsa de bilis.
ANTONIA.— Es indigno de vuestros cuidados.
PURGON.— ¿Pero puesto que no queréis que os cure…?
ARGAN.— ¡Yo no he tenido la culpa!
PURGON.— ¿Puesto que os habéis substraÃdo a la obediencia que el enfermo debe a su médico…?