El médico a palos
El médico a palos BARTOLO.— Mira que te he de solfear las espaldas. MARTINA. Infame.
BARTOLO.— Mira que te he de romper la cabeza.
MARTINA.— ¿A mi? Bribón, tunante, canalla. ¿A mi?
BARTOLO.— (Dando de palos a Martina). ¿Sí? Pues toma.
MARTINA.— ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
BARTOLO.— Éste es el único medio de que calles… Vaya, hagamos la paz. Dame esa mano.
MARTINA.— ¿Después de haberme puesto así?
BARTOLO.— ¿No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.
MARTINA.— No quiero.
BARTOLO.— Vamos, hijita.
MARTINA.— No quiero, no.
BARTOLO.— Mal hayan mis manos, que han sido causa de enfadar a mi esposa… Vaya, ven, dame un abrazo.
(Tira el palo a un lado y la abraza).
MARTINA.— ¡Si reventaras!
BARTOLO.— Vaya, si se muere por mí la pobrecita… Perdóname, hija mía. Entre dos que se quieren, diez o doce garrotazos más o menos no valen nada… Voy hacia el barranquitero, que ya tengo allí una porción de raíces; haré una carguilla[3] y mañana, con la burra, la llevaremos a Miraflores.
(Hace que se va y vuelve).