El médico a palos
El médico a palos LUCAS.— Y ¿en dónde le podemos encontrar?
MARTINA.— Cortando leña en ese monte.
GINÉS.— Estará entreteniéndose en buscar algunas hierbas salutÃferas.
MARTINA.— No, señor, Es un hombre extravagante y lunático, va vestido como un pobre patán, hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dio.
GINÉS.— Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres hayan de tener siempre algún ramo de locura mezclada con su ciencia.
MARTINA.— La manÃa de ese hombre es la más particular que se ha visto. No confesará su capacidad a menos que no le muelan el cuerpo a palos; y asà les aviso a ustedes que si no lo hacen no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno un buen garrote y zurra, que él confesará. Nosotros, cuando lo necesitamos, nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido bien.
GINÉS.— ¡Qué extraña locura!
LUCAS.— ¿Habráse visto hombre más original?
GINÉS.— Y ¿cómo se llama?
MARTINA.— Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. Él es un hombre de corta estatura, morenillo, de mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo con un sombrerillo redondo.
LUCAS.— No se me despintará, no.