El médico a palos

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MARTINA.— Si, señor (Señalando adentro por el lado derecho). ¿Ve usted aquellas tapias caídas junto aquel noguerón? Pues todo derecho.

GINÉS.— ¿No hay allí un famoso medico que ha sido medico de una vizcondesita, y catedrático, y examinador, y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?

MARTINA.— ¡Ay!, si, señor. Curaba en griego; pero hace dos días que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo la tierra.

GINÉS.— ¿Qué dice usted?

MARTINA.— Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban ustedes a buscar?

LUCAS.— Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo junto al rió.

MARTINA.— ¡Ah!, si. La hija de don Jerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues que tiene?

LUCAS.— ¿Que se yo? Un mal que nadie le entiende, del cual ha venido a perder el habla.

MARTINA.— ¡Qué lastima! Pues…

Aparte (con expresión de complacencia): ¡Ay, que idea se me ocurre!

Pues, mire usted, aquí tenemos al hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos males desesperados.

GINÉS.— ¿De veras?

MARTINA.— Si, señor.


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