El médico a palos
El médico a palos LEANDRO.— Siempre tendrá en mà un hijo obediente.
Doña PAULA.— Usted nos hace completamente felices.
BARTOLO.— Y a mÃ, ¿quien me hace feliz? ¿No hay un cristiano que me desate?
D. JERÓNIMO.— Soltadle.
LEANDRO.— Pues ¿quien le ha puesto a usted asÃ, medico insigne?
(Desatan los criados a Bartolo).
BARTOLO.— Sus pecados de usted, que los mÃos no merecen tanto.
Doña PAULA.— Vamos, que todo se acabo, y nosotros sabremos agradecerle a usted el favor que nos ha hecho.
MARTINA.— ¡Marido mÃo! (Se abrazan Bartolo y Martina). Sea enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira, trátame bien, que a mi me debes la borla de doctor que te dieron en el monte.
BARTOLO.— ¿A ti? Pues me alegro de saberlo.
MARTINA.— Si, por cierto, Yo dije que eras un prodigio en la medicina.
GINÉS.— Y yo, porque ella lo dijo, lo creÃ.
LUCAS.— Y yo lo creà porque lo dijo ella.
D. JERÓNIMO.— Y yo porque éstos lo dijeron lo creà también, y admiraba cuanto decÃa como si fuese un oráculo.