El médico a palos
El médico a palos Doña PAULA.— Me quiere mucho Leandro para no pensar con la generosidad que debe. Su amor es a mi, no a su dinero de usted.
D. JERÓNIMO.— (Alterándose). ¡Su dinero de usted!, ¡su dinero de usted! ¿Qué dinero tengo yo, parlera? ¿No he dicho ya que estoy muy atrasado? No puedo dar nada, no hay que cansarse.
LEANDRO.— Pero bien, señor, si por eso mismo se le dice a usted que no le pediremos nada.
D. JERÓNIMO.— Ni un maravedÃ.
Doña PAULA.— Ni medio.
D. JERÓNIMO.— Y bien, si digo que si, ¿quien os ha de mantener, badulaques?
LEANDRO.— Mi tÃo. ¿Pues no ha oÃdo usted que aprueba este casamiento? ¿Qué más he de decirle?
D. JERÓNIMO.— ¿Y se sabe si tiene hecha alguna disposición?
LEANDRO.— Si, señor; yo soy su heredero.
D. JERÓNIMO.— ¿Y que tal, está fuertecillo?
LEANDRO.— ¡Ay!, no, señor, muy achacoso. Aquel humor de las piernas le molesta mucho, y nos tememos que de un dÃa a otro…
D. JERÓNIMO.— Vaya, vamos, ¿qué le hemos de hacer? Conque…
(Hace que se levanta y los abraza. Uno y otro le besan la mano).
Vaya, concedido, y venga un par de abrazos.