El Misántropo
El Misántropo ¡Dios mÃo!, no nos aflijamos tanto por las costumbres de la época, y concedamos algún crédito a la naturaleza humana; no la examinemos de acuerdo con un rigor sin lÃmites, y miremos con alguna indulgencia sus defectos. Es necesaria en una sociedad una virtud tratable; podemos ser reprensibles a fuerza de cordura; la perfecta razón huye de los extremos y quiere que seamos discretos por sobriedad. Esa gran rigidez de la virtud de los antiguos tiempos choca demasiado con nuestro siglo y con las costumbres en uso; exige demasiada perfección a los mortales: hay que ceder sin obstinación a la corriente; y es una locura sin igual querer ponerse a corregir el mundo. Como vos, yo observo cada dÃa cien cosas que podrÃan ir mejor tomando otro curso; pero podrÃan presentárseme a cada paso, sin que me viera enfurecerme como vos; yo tomo a los hombres como son, buenamente, acostumbro a mi alma a soportar lo que hacen; y creo que, en la ciudad lo mismo que en la corte, mi flema es tan filosófica como vuestra bilis.
ALCESTE
Pero señor mÃo, mi buen razonador, ¿esa flema no podrá alterarse con nada? ¿Y si ocurre, por casualidad, que un amigo os traicione, que se intrigue para despojaros de vuestros bienes, que se hagan correr perversos rumores a vuestra costa, veréis todo ello sin encolerizaros?
FILINTO