El Misántropo

El Misántropo

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No es necesario, señora. La amistad debe manifestarse sobre todo en las cosas que más pueden importarnos; y como no las hay de mayor importancia que las del honor y la decencia vengo a testimoniaros por medio de un aviso que atañe a vuestra honra, la amistad que por vos siente mi corazón. Estaba ayer en casa de gentes de singular virtud, cuando recayó sobre vos el tema de la plática; y vuestra conducta tan llena de brillo tuvo entonces, señora, la mala suerte de no ser alabada. Esta turba de gentes cuya visita soportáis, vuestra galantería y los rumores que provoca, encontraron más censores de lo necesario y mucho más rigurosos de lo que yo hubiera querido. Ya pensáis cuál fue mi actitud: hice cuanto pude por defenderos, os excusé con vuestra buena intención y quise dar caución por vuestra alma. Pero vos sabéis que hay cosas en la vida que no se pueden excusar por mucho que se desee hacerlo; y me vi obligada a convenir en que la manera como vivís os perjudica un poco, que adquiere mal aspecto ante la sociedad, que no hay cuento impertinente que no se borde sobre ella, y que si vos quisiérais, todo vuestro comportamiento podría dar menos pie a los malos juicios. No es que yo crea, en el fondo de todo esto, la honestidad herida: ¡presérveme el Cielo de tal pensamiento!, pero se presta fácil fe a las apariencias del crimen, y no basta ser honesta para sí misma. Señora, os creo un espíritu demasiado razonable para tomar a mal este provechoso aviso, y para atribuirlo a otra cosa que a los secretos impulsos de un celo que me liga a todos vuestros intereses.


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