El Misántropo

El Misántropo

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Señora, mucho tengo que agradeceros: un aviso semejante me obliga y lejos de tomarlo a mal, pretendo retribuir al instante el favor con un aviso que atañe también a vuestra honra, y como veo que demostráis ser mi amiga enterándome de lo que de mí se murmura, quiero seguir a mi turno ejemplo tan dulce, advirtiéndoos lo que de vos se dice. Estando de visita el otro día en cierto lugar, encontré algunas personas de rarísimo mérito, que hablando de las verdaderas ocupaciones de un alma bien nacida, hicieron recaer sobre vos, señora, la plática. Allí vuestra gazmoñería y vuestras ostentaciones piadosas no fueron citadas como muy buen modelo: esa afectación de un exterior grave, vuestros eternos discursos sobre honor y prudencia, vuestros gestos y gritos ante la menor sobra de indecencia en que puede hacer caer a la inocencia una palabra ambigua, esa alta estima en que os tenéis y las piadosas miradas que arrojáis sobre todos, vuestras frecuentes lecciones y vuestras agrias críticas sobre cosas que son inocentes y puras, todo esto, señora, si puedo hablaros con franqueza, fue unánimemente censurado. ¿A qué viene, decían, ese aire modesto, y esa juiciosa apariencia que todo lo demás desmiente? Para rezar es puntual en extremo, pero pega a sus sirvientes y no les paga. Ostenta un gran fervor en todos los lugares devotos, pero se pone afeites y quiere parecer bella. Hace cubrir las desnudeces de los cuadros, pero tiene amor por las realidades. Por mi parte, tomé vuestra defensa contra todos, asegurándoles mucho que se trataba de maledicencia; pero todas las opiniones combatieron la mía y su conclusión fue que haríais bien en cuidaros menos de los actos de los demás y poner algo más de atención a los vuestros; que hay que mirarse mucho a sí mismo antes de pensar en condenar a los otros; que hay que tener la autoridad de una vida ejemplar para ponerse a corregir a la gente, y que aun así, vale más remitirse, en el caso, a aquellos a quienes el Cielo encomendó esa misión. Señora, os creo también demasiado razonable para tomar a mal este provechoso aviso, y para atribuirlo a otra cosa que a los secretos impulsos de un celo que me liga a todos vuestros intereses.


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