El Misántropo
El Misántropo ALCESTE
Ah, no hagáis bromas, no es ya hora de reÃr: enrojeced más bien, que para ello tenéis motivos; y yo tengo testimonios ciertos de vuestra traición. He aquà lo que presagiaban las inquietudes de mi alma; no era en vano que se alarmaba mi pasión; por esas frecuentes sospechas que encontrabais odiosas, buscaba yo la desdicha que ha herido mis ojos; y pese a todas vuestras gentilezas y a vuestra destreza para fingir, mi estrella me anunciaba lo que debÃa temer. Pero no presumáis que he de sufrir sin vengarme el despecho de verme ultrajado. Sé que nada podemos sobre el amor, que la pasión quiere ser independiente dondequiera, que jamás se entra a la fuerza en un corazón, y que toda alma es
libre de elegir el que ha de dominarla. AsÃ, no encontrarÃa yo motivo alguno de queja, si vuestra boca me hubiera hablado sin fingimiento; y rechazando mi amor desde el primer instante, mi corazón no hubiera podido acusar sino al destino. Pero ver alentada mi pasión con engañosas confesiones es una traición, una perfidia para la que no puede haber castigo bastante grande, y todo puedo permitÃrselo a mi resentimiento. SÃ, sÃ, todo debéis temerlo tras de semejante insulto; no me domino ya, sino que me domina mi rabia: traspasado por el golpe mortal con que me asesináis, no se gobiernan ya por la razón mis sentidos, cedo a los impulsos de una justa cólera y no respondo de lo que pueda hacer.