El Misántropo

El Misántropo

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¡Ah, traidora, es extraña mi debilidad por vos! Me engañáis, sin duda, con tan dulces palabras: pero no importa, debo cumplir mi destino: mi alma se abandona íntegramente a vos; quiero ver hasta el fin cuál será la vía de vuestro corazón y si tendrá la perversidad de traicionarme.

CELIMENA

No, vos no me amáis como se debe amar.

ALCESTE

Ah, no hay nada comparable a mi inmenso amor; y en su ardiente deseo de manifestarse a todos, va a formular deseos en contra vuestra. Sí, querría que nadie os encontrara digna de amor, que quedarais reducida a una miserable suerte, que al nacer nada os hubiera otorgado el cielo, que no tuvierais ni rango, ni nombre, ni bienes, a fin de que el ruidoso sacrificio de mi corazón pudiera reparar la injusticia de semejante suerte, y que en ese día tuviera yo la dicha y la gloria de veros alcanzarlo todo de manos de mi amor.

CELIMENA

¡Es desearme el bien en forma muy extraña! ¡Presérveme el cielo de que eso ocurra! Pero he aquí al señor Dubois, cómicamente equipado.

 

ESCENA CUARTA

Celimena, Alceste, Dubois

 


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