El Misántropo
El Misántropo Quitad allá, sois loco con vuestros transportes de celos, y no merecéis el amor que os tienen. Me gustaría saber qué cosa podría obligarme a descender con vos a las bajezas del fingimiento, y por qué si mi corazón se inclinara hacia otro lado no había de decíroslo con sinceridad. ¿Cómo? ¿La halagadora confesión de mis sentimientos no toma mi defensa contra vuestras dudas? ¿Pueden tener ellas algún peso frente a tal garantía? ¿No es ofenderme el escucharlas? Y puesto que nuestro corazón para resolverse a confesar que ama debe hacer un violentísimo esfuerzo, pues que el honor del sexo, enemigo de nuestras pasiones, se opone con fuerza a declaraciones semejantes, el enamorado que ve franquear en honor suyo tal valla, ¿debe dudar impunemente de ese oráculo? ¿Y no es culpable al desconfiar de algo que no se dice sino tras de grandes combates? Quitad, merecen mi cólera tales sospechas y vos no valéis el caso que os hago: soy una tonta y me odio por mi simplicidad de conservaros todavía algún afecto; debería fijar mi estimación en otra parte y daros un legítimo motivo de queja.
ALCESTE