Tartufo
Tartufo ORGON: Si hubieses visto cómo conocí a Tartufo habríais tenido por él la amistad que yo. A diario iba a la iglesia, con benigno talante, prosternábase frente a mí, doblando entrambas rodillas, y atraía los ojos de toda la congregación por el fervor con que elevaba a Dios sus plegarias. Exhalaba suspiros, ponía los brazos en cruz y a cada momento besaba humildemente la tierra. Cuando yo salía, adelantábase presto para ofrecerme agua bendita. Instruido por su mozo (que le imitaba en todo) de lo que era aquel hombre y de su inteligencia, hícele dones, mas él, modesto, siempre quería devolverme una parte. «Es demasiado (decía), es excesivo en la mitad. Y no merezco vuestra compasión». Y si yo me negaba a tomarle el dinero, acudía a los pobres y lo distribuía entre ellos ante mis ojos. Al fin el Cielo llevóle a acogerse en mi casa y desde entonces todo parece prosperar en ella. Repréndelo todo, y respecto a mi mujer tómase extremo interés por mi honor, advirtiéndome de cuales gentes la miran con ojos dulces y mostrándose seis veces más celoso que yo. No podéis creer a dónde llega su celo; acúsase de pecado a la menor nonada; escandalízale cualquier menudencia, y ha pocos días vino a culparse de haber apresado una pulga estando en oración y matádola con excesiva cólera.
CLEANTO: ¡Pardiez, hermano mío, que debéis haber perdido el seso! ¿Os mofáis de mí con tales discursos y creéis que todas esas ficciones…?