Tartufo
Tartufo TARTUFO: No por devoto tengo menos, de hombre, y cuando se contemplan vuestros celestes encantos el corazón déjase prender en ellos y no razona. Bien sé que tal discurso parece extraño en mí; pero al cabo, señora, no soy un ángel, y si condonáis la confesión que os he hecho, a vuestros hechiceros atractivos debéis acusar. Desde que vi brillar vuestro sobrehumano esplendor, os hice soberana de mi ánimo. La inefable dulzura de vuestras miradas divinas forzó la resistencia en que mi corazón se obstinaba, venciendo ayunos, lágrimas y plegarias, y dirigiendo todos mis votos a vuestros encantos. Mil veces os lo han dicho mis ojos y mis suspiros, mas, para mejor explicarme, empleo la voz ahora y os digo que si contempláis con alma benigna las tribulaciones de vuestro indigno esclavo, si queréis con vuestras bondades consolarme y hasta mi nulidad descender, yo tendré siempre hacia vos, ¡oh suave maravilla!, una devoción sin posible par. Ningún riesgo corre vuestro honor conmigo ni desgracia alguna debéis temer de mi parte. Porque todos esos galanes cortesanos que enloquecen a las mujeres son ruidosos en sus hechos y vanos en, sus, palabras; véseles jactarse sin cesar de sus progresos; no reciben favores que no divulguen, y su lengua indiscreta deshonra el altar de su corazón sacrifica. Empero, los hombres como yo ardemos con fuego discreto; se está con nosotros siempre en certidumbre de secreto grande; el cuidado, que tenemos de nuestro nombre responde de todo a la persona amada, y por ello se encuentra en nosotros, aceptando nuestro corazón, amor sin escándalo y placer sin miedo.