Tartufo

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TARTUFO: No pensarán los que me conocen que soy de alma interesada. Todos los bienes de este mundo tienen pocos atractivos para mí, y su engañoso brillo no me deslumbra. Si me resuelvo a recibir del padre la donación que ha querido hacerme, es, en verdad, porque temo que todos esos bienes caigan en malas manos, que puedan hacer de ellos en el mundo un uso criminal, no sirviendo, según me propongo yo, para gloria del Cielo y bien del prójimo.

CLEANTO: Vamos señor, no tengáis tan delicados temores, que pueden provocar las justas quejas de un heredero. Dejad, sin preocuparos, que él sea, a su cargo, poseedor de su hacienda, y pensad que mejor es que la malgaste que no que se os acuse de haberle estafado. Admírame que sin confundiros hayáis permitido tal proposición, porque ¿tiene el verdadero celo alguna máxima que aconseje despojar a un heredero legítimo? Si el Cielo ha puesto en vuestro corazón un invencible obstáculo a convivir con Damis, ¿no valdría más que, como persona discreta, os retiraseis honradamente de esta casa antes que sufrir que, contra toda razón, se arroje por causa vuestra al hijo de la familia? Creedme que compete a vuestra prudencia, señor…

TARTUFO: Son las tres y media, señor, y cierto deber piadoso me requiere arriba. Excusad que os deje tan pronto.

CLEANTO: ¡Oh!


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