Tartufo
Tartufo ELMIRA: ¿Acaso un simple arrebato amoroso ha de hacer a nuestro honor azorarse de esa manera? ¿No cabe responder a todo el que lo roza sino con fuego en los ojos e injurias en los labios? Yo de cosas así me río lisa y llanamente, que no me gusta escándalo sobre ello. Creo que debemos mostramos recatadas con suavidad, y no me inclino a esas castas feroces cuyo honor está armado de dientes y garras, y quiere, a la menor palabra, arrancar la cara a las gentes. ¡El Cielo me guarde de recato tal! No me gusta una virtud endiablada y paréceme que la discreta frialdad de una negativa no rechaza un corazón menos poderosamente.
ORGON: Sé todo el asunto y no cambio.
ELMIRA: Admírame, repito, esa singular debilidad. Pero ¿qué me diría vuestra incredulidad si yo os hiciese ver que os afirmo la verdad?
ORGON: ¿Verlo?
ELMIRA: Sí.
ORGON: ¡Canciones!
ELMIRA: ¿Y si hallo manera de hacérosla ver con toda claridad?
ORGON: Cuentos sin fundamento.
ELMIRA: ¡Qué hombre! Pero al menos contestadme. No digo que confiéis en nosotros, pero supongamos que desde un lugar oculto se os hiciese verlo y entenderlo todo claramente. ¿Qué diríais entonces de vuestro hombre de bien?