El condenado por desconfiado

El condenado por desconfiado

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la flecha en el derecho; en el siniestro, el arco mismo que altiveces doma; tirome al corazón; yo, que me muestro al golpe herido, porque el cuerpo coma la madre tierra, como a su despojo desencarcelo al alma, al cuerpo arrojo. Salió el alma en un vuelo, en un instante vi de Dios la presencia. ¡Quién pudiera no verle entonces! ¡Qué cruel semblante! Resplandeciente espada y justiciera en la derecha mano, y arrogante (como ya por derecho suyo era) el fiscal de las almas miré a un lado, que aun con ser victorioso estaba airado. Leyó mis culpas, y mi guarda santa leyó mis buenas obras, y el justicia mayor del cielo, que es aquel que espanta de la infernal morada la malicia, las puso en dos balanzas; mas levanta el peso de mi culpa y mi injusticia mis obras buenas, tanto, que el juez santo me condena a los reinos del espanto. Con aquella fatiga y aquel miedo desperté, aunque temblando, y no vi nada si no es mi culpa, y tan confuso quedo, que si no es a mi suerte desdichada o traza del contrario, ardid o enredo,







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