El condenado por desconfiado

El condenado por desconfiado

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mis vicios iban creciendo. Di luego en acompañarme con otros del arte mesmo; escalamos siete casas, dimos la muerte a sus dueños; lo robado repartimos para dar caudal al juego. De cinco que éramos todos sólo los cuatro prendieron, y nadie me descubrió, aunque les dieron tormento. Pagaron en una plaza su delito, y yo, con esto de escarmentado, acogime a hacer a solas mis hechos. Íbame todas las noches solo a la casa de juego, donde a su puerta aguardaba a que saliesen de dentro. Pedía con cortesía el barato, y cuando ellos iban a sacar qué darme, sacaba yo el fuerte acero que riguroso escondía en sus inocentes pechos, y por fuerza me llevaba los que ganando perdieron.

Quitaba de noche capas; tenía diversos hierros para abrir cualquier puerta y hacerme capaz del dueño. Las mujeres estafaba, y no dándome el dinero visitaba una navaja su rostro luego, al momento. Aquestas cosas hacía el tiempo que fui mancebo; pero escuchadme y sabréis, siendo hombre, las que he hecho. A treinta desventurados yo solo y aqueste acero, que es de la muerte ministro, del mundo sacado habemos; los diez, muertos por mi gusto, y los veinte me salieron, uno con otro, a doblón. Diréis que es pequeño precio; es verdad: mas, ¡voto a Dios! que en faltándome el dinero que maté por un doblón a cuantos me están oyendo. Seis doncellas he forzado dichoso llamarme puedo, pues seis he podido hallar


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