El condenado por desconfiado
El condenado por desconfiado mi Dios, mejor que mejor, De mi tierra me sacó Paulo diez años habrá ya aqueste monte apartó; él en una cueva está y en otra cueva estoy yo. Aquí penitencia hacemos, y sólo yerba comemos, y a veces nos acordamos de lo mucho que dejamos por lo poco que tenemos. Aquí, al sonoro raudal de un despeñado cristal, digo a estos olmos sombríos: ¿Dónde estáis, jamones míos, que no os doléis de mi mal? Cuando yo solía cursar la ciudad y no las peñas (¡memorias me hacen llorar!), de las hambres más pequeñas gran pesar solíais tomar. Erais, jamones, leales: bien os puedo así llamar, pues merecéis nombres tales, aunque ya de los mortales no tengáis ningún pesar. Mas ya está todo perdido;
hierbas comeré afligido, aunque llegue a presumir que algún mayo he de parir por las flores que he comido. Mas Paulo sale de la cueva oscura, entrar quiero en la mía tenebrosa y comerlas allí.
(Vase.)