Los ensayos
Los ensayos Cuando el señor de Borbón conquistó Roma, un alférez que estaba en la guardia del burgo de San Pedro fue presa de tal terror, a la primera alarma, que se abalanzó fuera de la ciudad, por el orificio que había producido un derrumbamiento, con la bandera empuñada, derecho hacia los enemigos. Creía dirigirse hacia el interior de la ciudad, y sólo al final, al ver que las tropas del señor de Borbón formaban para hacerle frente, pensando que los de la ciudad efectuaban una salida, cayó en la cuenta de lo que sucedía. Entonces, retrocedió y volvió a entrar por ese mismo orificio por el cual había salido más de trescientos pasos a través de la campiña.[5] No tuvo en absoluto tanta suerte el alférez del capitán Juille, cuando el conde de Bures y el señor de Reu nos conquistaron San Pol. Estaba, en efecto, tan fuera de sí debido al terror que se lanzó con la enseña fuera de la ciudad por una tronera y los asaltantes lo destrozaron.[6] Y fue memorable, en el mismo asedio, el miedo que oprimió, apresó y heló el ánimo de un gentilhombre con tanta fuerza que cayó muerto en redondo al suelo en la brecha, sin herida alguna. b | A veces una rabia semejante impele a toda una multitud.[7] En uno de los enfrentamientos de Germánico contra los alemanes, dos grandes ejércitos tomaron dos rutas opuestas a causa del terror: uno huía de donde el otro partía.[8] a | Puede ponernos alas en los talones, como a los dos primeros, o inmovilizarnos y trabarnos los pies, como se lee del emperador Teófilo, el cual, en una batalla que perdió contra los agarenos, quedó tan aturdido y paralizado que era incapaz de tomar la decisión de escapar —b | adeo pauor etiam auxilia formidat[9] [a tal extremo el terror teme incluso las ayudas]—, a | hasta que Manuel, uno de los principales jefes de su ejército, tras haberlo arrastrado por el suelo, y vapuleado como para despertarlo de un sueño profundo, le dijo: «Si no me seguís, os mataré, pues es preferible que perdáis la vida a que seáis hecho prisionero y arruinéis el imperio».[10]