Los ensayos
Los ensayos EL MIEDO
a | Obstupui, steteruntque comae, et uox faucibus haesit.[1]
[Me quedé sobrecogido, los cabellos se me
erizaron y la voz se me detuvo en la garganta].
No soy buen naturalista —como suele decirse—, y apenas sé por qué causas actúa el miedo en nosotros, pero se trata, en cualquier caso, de una pasión extraña; y dicen los médicos que no hay otra que arrastre antes el juicio fuera de su debido asiento.[2] A decir verdad, he visto a mucha gente perder la razón por miedo; y, entre los más serenos, genera ciertamente, mientras dura el acceso, terribles ofuscamientos. Dejo de lado al vulgo, a quien representa a veces a los bisabuelos salidos de la tumba, envueltos en su sudario, a veces a hombres lobos, duendes y quimeras. Pero, incluso entre los soldados, donde debiera encontrar menos sitio, ¿cuántas veces no ha tranformado un rebaño de ovejas en un escuadrón de coraceros,[3] juncos y cañas en hombres armados y lanceros, amigos en enemigos, y la cruz blanca en la roja?[4]