Los ensayos

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Los niños saben lo que se cuenta del rey Creso a este propósito. Capturado por Ciro y condenado a muerte, en el momento de la ejecución exclamó: «¡Oh Solón, Solón!». Comunicado el hecho a Ciro, éste preguntó qué significaba, y él le explicó que verificaba a sus expensas la advertencia que en otro tiempo le había lanzado Solón: que los hombres, por mucho que la fortuna les sonría,[2] no pueden llamarse felices hasta que no se les ha visto pasar el último día de su vida, dada la incerteza y variedad de las cosas humanas, que, con un levísimo movimiento, cambian de un estado a otro muy distinto.[3] Y por eso Agesilao, a uno que llamaba feliz al rey de Persia por haber alcanzado muy joven un cargo tan poderoso, le replicó: «Sí, pero a la misma edad Príamo no fue desdichado».[4] Los reyes de Macedonia, herederos del gran Alejandro, se convierten poco después en carpinteros y escribanos en Roma;[5] los tiranos de Sicilia, en maestros en Corinto.[6] Quien era el conquistador de medio mundo, y general de tantos ejércitos, deviene el miserable suplicante de los funcionarios bribones de un rey de Egipto —a ese precio el gran Pompeyo prolongó cinco o seis meses su vida—. [7] Y, en tiempos de nuestros padres, a Ludovico Sforza, décimo duque de Milán, bajo cuyo mando se había movido durante mucho tiempo Italia entera, le vieron morir prisionero en Loches, pero tras haber vivido allí diez años, que es lo peor de su caso.[8] c | La reina más hermosa, viuda del más grande rey de la Cristiandad, ¿no acaba de morir a manos del verdugo —indigna y bárbara crueldad—?[9] a | Y mil ejemplos semejantes. Porque, al parecer, así como los temporales y las tormentas se irritan contra el orgullo y la altivez de nuestros edificios, hay también allí arriba espíritus envidiosos de las grandezas de aquí abajo:[10]


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